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Eneko: la vida en el útero

Aquí os dejamos este relato magistral de cómo es la vida en el útero materno, narrado por Cristina Cortés en su libro “”mírame, siénteme”. Según nos cuenta la autora en el libro, una de las etapas en la que resultamos más susceptibles a la influencia del ambiente es cuando nos desarrollamos en el útero. Nos lleva a tomar conciencia de cómo los estados de la madre, físicos y emocionales, influyen directamente en el futuro bebé, llegando incluso a precipitar mayor predisposición a ciertas patologías en los niños y adolescentes.

Aquí va la primera entrega de este excepcional relato. Prometemos una segunda parte.

Esperamos que os guste.

“Eneko vivía en un espacio pequeño. El útero de su madre era el único hogar que conocía. Dentro, podía mover las manitas y los pies y, cuando le apetecía, abría los ojos. El útero ere un lugar entretenido que tenía un montón de ruidos. No obstante, el sonido interno que dominaba el pequeño mundo de Enero era un rítmico tic tac que percibía como propio y que le daba seguridad: el latido del corazón de su madre.

El menú era variado, aunque unas veces le gustaba más que otras. Día a día descubría cosas nuevas. Tocaba las paredes de su casa y poco a poco empezó a oir sonidos externos a su habitat. Había uno que le entusiasmaba. Con el paso de las semanas empezó a reconocerlo, siempre era el mismo. Esa voz formaba parte de su entorno., era parte de él, se fusionaba con él. La voz podía mecerlo, relajarlo, o hacerle saltar como una noria. Un día, aún lejano, Enero descubrirá que esa voz es mamá y más tarde, llegará a comprender que esa voz no es solo mamá, sino su mamá.

Cuando la voz de Lidia le hablaba solo a él, nuestro protagonista experimentaba una tranquilidad infinita. Otras veces, esa voz tan querida se aceleraba, subía el tono y acompañaba el sonido con un tic tac mucho más rápido. Eso generaba en Enero un ritmo más acelerado de su propio sistema. Por supuesto, el futuro bebé no podía identificar lo que pasaba con ninguna emoción, para eso aún deberán pasar años. Lo que Enero percibía era un estado de activación fisiológica que no era confortable y que no le gustaba nada. Le faltaba el aire y ya no se sentía seguro. Menos mal que esto pasaba pocas veces y que no tenía que acostumbrarse a ese estado porque en el que estaba se sentía muy bien.

Lidia estaba feliz con la vida que llevaba dentro. Los primeros meses se encontraba tan cansada que solo quería dormir y dormir. Era como si su cuerpo y su mente hubieran necesitado tiempo y descanso para asimilar y aceptar la nueva vida que se habría camino dentro de ella. Después de este primer estado de embriaguez, Lidia se acostumbró a estar embarazada y sentía a su hijo como una parte de ella misma. Su momento preferido del día era cuando los dos se quedaban solos y mientras acariciaba su tripita le cantaba canciones infantiles. Lidia sabía que eso a Enero le gustaba mucho y se lo imaginaba flotando como un pequeño pez con el vaivén de las olas. Tras el sopor de los primeros meses empezó a sentirse plenamente enérgica y con un entusiasmo y una vitalidad desbordante arremetía a preparar y organizar cosas. Otros días se sentía mucho más sensible y se le escapaban lágrimas por las mejillas sin razón alguna. “Bueno”, pensaba “son las hormonas”.

Menos mal que el papá de Enero estaba todo el día pendiente de ella y así ella podía estar pendiente de sí misma y de su futuro bebé. Tenía tantos planes para cuando naciera el niño! Habían decidido cambiar de casa porque con la llegad de Enero querían estrenar una nueva vida. Un día, cuando Eneko ya llevaba 6 meses viviendo en su mamá, Lidia se levantó con una energía imparable. Tenía que dejar todo listo para cuando naciera su hijo. Sentía que su vida iba a cambiar de tal modo, que ya nunca más le daría tiempo de hacer nada. Se habían trasladado hacía 15 días a su nuevo hogar y toda la casa estaba llena de cajas. La mamá de Eneko decidió que era el momento de poner todo en orden. Se levantó temprano y empezó a abrir cajas y a colocar cosas. Escalera para arriba, escalera para abajo.

Eneko salió de su estado habitual. No le gustaba nada lo que estaba pasando. Su mamá se movía sin parar y aunque no oía su voz sí notaba su respiración acelerada. Él mismo era partícipe de esa respiración agitada. No sabía cómo pedirle que parara, así que empezó a dar patadas y a moverse. Lidia sintió a Eneko y pensó: “voy a descansar un poco”. Se sentó y puso sus manos en su tripa. Poco a poco su respiración se fue regularizando y notó como Eneko dejaba de dar patadas. Cuando creyó que ya había descansado lo suficiente volvió a la tarea de las cajas. Eneko no se lo podía creer, “otra vez lo mismo!”, su mamá no había entendido que a él no le gustaba. No sabía a qué se estaba dedicando mamá. Él solo quería volver a la calma y el sosiego que antes había experimentado. Así que empezó a dar patadas de nuevo. Lidia se bajó de la escalera y se volvió a calmar. La reacción fue inmediata y Eneko se tranquilizó de nuevo. Ella miró su barriga, miró las cajas, las arrinconó y se olvido de ellas.

No era la primera vez que Lidia percibía esa interacción entre los dos; entre lo que ella vivía y la respuesta de Eneko. Esa interacción iría incrementándose conforme pasaran los meses.”

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