Eneko: la vida en el útero
17/05/2017

Eneko: la vida en el útero. 2ª parte.

Como lo prometido es deuda, aquí os dejamos  la 2ª parte de este gran relato de Cristina Cortés, donde nos sigue narrando la vida en el útero materno. Creo que todas las futuras mamás y papás deberían leer la historia para tomar conciencia de lo que su forma de vida implica para el desarrollo del feto  y del futuro bebé. Además esta toma de conciencia les permitirá disfrutar más y mejor del embarazo.

“En el séptimo mes de embarazo la vida de los dos cambió. Salvo las primeras semanas en las que se sentía físicamente agotada, Lidia había compaginado estupendamente bien su vida laboral y su embarazo. Su niño la llenaba de energía. La empresa donde trabajaba era pequeña y desde hacia un tiempo no estaba pasando un buen momento. Un día su jefe apareció con muy mala cara y anunció que la empresa había quebrado. Desde el momento en que Lidia recibió la noticia del despido se instaló en elle una preocupación flotante que no le permití pensar en otra cosa. Hacía cuentas y más cuentas, y los números no parecían cuadrar con sus planes. Se habían cambiado de casa, tenían programadas una serie de reformas y desde luego no habían contado con su despido. La idea de no encontrar trabajo nublaba también su mente. Estaba entrando en bucle, en una rumiación insana que la sumergía en un estado de agobio y sensaciones angustiantes que se retroalimentaban entre ellas. Tenía que ser capaz de romper ese bucle. Se daba cuenta de que no tenía ningún sentido obsesionarse y pensar ahora, precisamente ahora, cuando tenía otras cosas de las que ocuparse, en que todos esos sueños que había ido proyectando y de los que no había sido consciente sobre la vida que había ideado para Eneko, quizá no se cumplieran. Intentaba decirse a sí misma, “pero vamos, deja ya de pensar en eso, ¿quién te garantizaba antes que se fueran a cumplir?”. Lidia sabía que se estaba dejando arrastrar por sus miedos y pensamientos irracionales. Se llevaba la mano a la tripa con preocupación y tomaba conciencia de que había dejado de cantarle a su niño, y esto sí le preocupaba de verdad.

Eneko percibió que algo andaba mal una fracción de segundo más tarde de que su madre recibiera la noticia. Primero fue la aceleración del ritmo del tic tac. Al principio creyó que pasaría como otras veces y que, al rato, todo se normalizaría. Pero est vez no ocurrió. Percibió que algo había cambiado, lidia se alejaba. La voz era la misma pero sonaba distinta y ya no le acogía y calmaba. Ya no había momentos de sosiego y tranquilidad. Ya no había caricias en la tripa ni canciones bonitas. Lo único que podía hacer Eneko era moverse y dar patadas en señal de protesta, llamar la atención de su madre de alguna manera; “¡eh, que sigo aquí!, no te olvides de que mi entorno depende de ti”.

Lidia notaba a su hijo moverse inquieto. Mientras más se enredaba en sus pensamientos, más intensas eran las patadas de Eneko. La respuesta de Eneko acrecentaba su malestar porque la hacía sentirse responsable, “¿cómo era posible que nadie la hubiera avisado de esto?”. Hasta entonces había sido fácil asumir esa interrelación con Eneko, todo fluía bien y no era tan costoso asumir que ese pequeño renacuajo fuera influenciado por sus emociones. Pero ahora las cosas no estaban sucediendo como esperaban, se sentía responsable por no estar disponible, por no estar pendiente de él. Debía lograr calmar su mente y no enmarañarse en esa cascada de preocupaciones que la asaltaban.

Aquella sensación de sosiego y calma parecía haberse perdido y a cambio, aparecía este nuevo estado de inquietud y preocupación que llegaba a través del torrente de hormonas de su mamá. Su entorno iba sumergiéndose en este estado de desasosiego y él tendría que bucear en esas aguas.

El papá de Eneko también se encontraba un poco desorientado. No sabía cómo calmar a Lidia. Le repetía de todas las formas que se le ocurría que no pasaba nada grave, que no se preocupara, que aunque hubiera perdido el trabajo saldrían adelante. Pospondrían las obras programadas para la casa. De hecho, pensándolo bien, era una locura emprender esas obras cuando Eneko estaba a punto de desembarcar en su hogar.

Ahora lo importante era el proyecto común que tenían entre manos y ella debía dedicarse a descansar y prepararse para la inminente llegada de Eneko. Tenían que poner en práctica los recursos que cono cían para pacificar su mente. Mikel animaba a Lidia a respirar profundamente imaginándose que, en cada inspiración, entraba en su cuerpo una ráfaga de aire diáfano y fresco que despejaba su mente y que, al expirar, las nubes grises se disipaban. Y cómo ese frescor llegaba hasta su útero y mecía y relajaba a Eneko.”

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